Opinión: por qué Sevilla debería devolver la marisma a Tablada

Sevilla es el único puerto interior de España. El mar entra por el Guadalquivir hasta el centro de la ciudad, y con él entran las mareas. El estuario va de Sanlúcar de Barrameda a la presa de Alcalá del Río, y Sevilla está dentro, aunque hoy apenas se note. La pregunta que nos hacemos es esta: ¿por qué dar vida al Guadalquivir abriría Sevilla a un nuevo mar?
Tablada es el último gran espacio de la ciudad donde esa condición todavía se lee en el suelo, y sigue pendiente de decidir qué va a ser. El debate lleva décadas planteado como una elección entre dos cosas: el parque forestal que fija el PGOU y la propuesta, que vuelve cada cierto tiempo, de construir vivienda. En 2009 trabajamos con la Plataforma Marismas de Tablada, una iniciativa ciudadana abierta, para poner sobre la mesa una tercera: reactivar Tablada como ecosistema fluvial. Diario de Sevilla la llamó entonces «la hipotética tercera vía». Nueve años después sigue siendo la única que no se ha probado.
Restituir, no inventar
Sevilla formó parte del lago Ligustinus, el sistema ligado al mar que ocupaba el bajo Guadalquivir en la antigüedad. El río se ha transformado mucho desde entonces, pero las cotas que estuvieron inundadas mantienen la memoria de las mareas. Reactivar esas dinámicas hídricas no es proyectar un paisaje nuevo sobre Tablada: es dejar que vuelva el que había. Esa es la diferencia entre una operación de imagen y una restitución.
Lo que gana el río
Aquel trabajo se hizo con científicos, y eso es lo que le dio el argumento. Mostraron dos cosas a la vez: que el Guadalquivir llega al estuario con sus procesos naturales alterados y necesita intervenciones para recuperarlos, y que tiene un activo que apenas se aprovecha, su posición en una de las grandes rutas mundiales de migración de aves. Una marisma en Tablada no es un parque temático de la naturaleza. Es superficie útil en un corredor que ya pasa por encima, y agua en un estuario que la está perdiendo. El río se nos muere, y acabaremos entubándolo si no reaccionamos.
Lo que gana la ciudad
Frente a las grandes operaciones de transformación del frente fluvial, una marisma es una intervención ligera: cuesta poco implantarla y poco mantenerla, porque la mayor parte del trabajo lo hace el agua. A cambio deja capacidad de laminación de avenidas justo donde la ciudad la necesita, y admite actividades compatibles —turismo ornitológico, usos acuáticos, equipamiento público de ribera— que dan retorno social y económico sin obligar a edificar. En el trabajo de 2009 esto se concretó en hipótesis como la Isla Alameda: catorce mil seiscientos metros cuadrados con pasos de fauna, vegetación de ribera, zona de contención de avenidas, sendas, carril bici y un escenario con graderío.
Y no es un asunto de Sevilla sola. La misma geografía la comparten San Juan de Aznalfarache, Gelves, Coria del Río y el resto del Aljarafe ribereño. La orilla es una sola.
Y la inundabilidad
La objeción de siempre es que Tablada se inunda. Es verdad, y es justo el argumento. Un suelo que se inunda es un mal sitio para construir y un buen sitio para dejar entrar el agua: una marisma se queda con la punta de la avenida en lugar de pasarla río abajo, y lo hace sin obra que haya que mantener después. En un clima en el que la lluvia llega cada vez en menos episodios y más fuertes, y con el mar subiendo dentro del estuario, defender una línea sale caro todos los años y dar sitio al agua se paga una vez. Lo que hoy se cuenta como el problema de Tablada es su mejor prestación.
Ya sabemos que la lectura funciona
Entender el puerto y el río como un sistema de estuario no se ha quedado en un documento: es la lectura con la que ganamos el primer premio del concurso de la Autoridad Portuaria de Sevilla en 2013. Lo que allí se plantea para los muelles es lo que Tablada permite a otra escala.
La decisión sobre Tablada no es entre naturaleza y ciudad. Es entre mantener el suelo en reserva indefinida, esperando la operación que lo resuelva de una vez, o empezar a devolverle el agua y ver qué crece. Lo primero lleva décadas sin dar resultado. Lo segundo cuesta poco, se puede hacer por fases y no cierra ninguna puerta.
